Hoy se cumplen 200 años de la última ejecución de la Inquisición
La historia de Gaietà Ripoll i Pla representa uno de los capítulos más sombríos de la transición española hacia la modernidad. Su figura se alza como el símbolo del conflicto entre el pensamiento ilustrado y la persistencia de estructuras represivas medievales en el siglo XIX
Nacido el 22 de enero de 1778 en la localidad catalana de Solsona, en el seno de una familia de artesanos, durante su infancia y juventud, recibió una educación marcada por la religiosidad tradicional en la escuela de los Escolapios de su ciudad natal, donde estudió latín y filosofía.
Su vida dio un giro con el estallido de la Guerra de la Independencia (Guerra del Francès), en la que participó como soldado contra las tropas napoleónicas hasta que en 1810, fue hecho prisionero y deportado a Francia.
El cautiverio resultó ser una etapa transformadora: Ripoll entró en contacto con grupos de pacifistas cuáqueros, librepensadores y las ideas de la Ilustración, especialmente las de Rousseau y Voltaire. Con este bagaje intelectual transformó sus convicciones hacia una visión deísta y racionalista de la fe.
Tras ser liberado en 1814, regresó a España y sirvió en la Milicia Nacional hasta su licenciamiento en 1823, pasando a establecerse como maestro de escuela en la pedanía de Russafa, en Valencia, lugar donde se ganó el aprecio de sus conciudadanos por su carácter generoso, humilde y su dedicación a la enseñanza gratuita de los hijos de familias más pobres.
Pese a todo esto, el calvario de Gaietà Ripoll comenzó por la denuncia de una vecina de Russafa que le acusó de "heretge dogmatitzant" y de pervertir a la infancia por sus métodos pedagógicos laicos.
Entre las acusaciones destacaba que Ripoll no llevaba a sus alumnos a misa, no les hacía rezar el Ave María (sustituyéndolo por el saludo "Lloat siga Déu") y no se arrodillaba ante el paso del viático.
La Junta de Fe de Valencia, presidida por el canónigo Josep Maria Despujol, inició un proceso irregular en el que se determinó que Ripoll no creía en dogmas como la Santísima Trinidad o la virginidad de María, declarándolo un deísta que confiaba únicamente en el tribunal de su propia conciencia
¿Pero, qué eran las Juntas de Fe?
Básicamente, eran el artificio legal que las diócesis implementaron para la pervivencia de los principios de la Inquisición. Es necesario recordar que la Inquisición española, o Tribunal del Santo Oficio, fue una institución eclesiástica creada a finales del siglo XV a petición de los Reyes Católicos con el fin de velar por la pureza de la fe.
A lo largo de los siglos, se convirtió en un instrumento de control social y religioso que entró en decadencia durante el siglo XVIII debido al avance de las ideas ilustradas, pero hubo que esperar a que en 1808 Napoleón Bonaparte la suprimiera mediante los Decretos de Chamartín, aplicados en la España afrancesada de José I.
Tras la caída del régimen napoleónico, las Cortes de Cádiz decretaron su abolición el 28 de febrero de 1813, considerándola incompatible con la Constitución de 1812, pero inmediatamente después, en 1814, fue restaurada por Fernando VII tras su regreso al poder absoluto, volviendo a ser derogada durante el Trienio Liberal (1820-1823).
Tras la caída del régimen liberal en 1823, Fernando VII decidió no restablecer formalmente la Inquisición debido a la presión internacional de las potencias europeas y para evitar fortalecer a los sectores más ultra-absolutistas pero permitió que los obispos crearan subrepticiamente las llamadas Juntas de Fe.
De facto, estos tribunales diocesanos, que carecían de respaldo legal pero contaban con la complicidad de las autoridades locales, asumieron las funciones represoras del antiguo Santo Oficio bajo una nueva denominación.
Y es en ese momento histórico, el 29 de octubre de 1824, cuando se arresta a Ripoll y se le confina casi dos años en la cárcel de Sant Narcís, donde se negó sistemáticamente a abjurar de sus ideas a pesar de las presiones eclesiásticas.
Finalmente, el 31 de julio de 1826, Ripoll fue ejecutado en la Plaza del Mercado de Valencia en un proceso macabro durante el cual fue conducido al patíbulo montado en un asno, maniatado y vestido con una túnica negra, la "hopa".
Aunque la sentencia inicial pedía que fuera quemado, se le concedió la "gracia" de morir en la horca, pero para cumplir simbólicamente con el rito del fuego purificador, bajo sus pies se colocó un barril con llamas pintadas.
Tras su muerte, su cuerpo fue introducido en dicho barril y, según algunos relatos, quemado o arrojado al cauce del río Turia.
Esta ejecución provocó una enorme consternación internacional y protestas de gobiernos europeos, avergonzados por la persistencia de tales prácticas en pleno siglo XIX.
Gaietà Ripoll pasó a la historia como la última víctima del sistema inquisitorial en España, cuya abolición definitiva no llegaría hasta 1834.
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