Macron acaba con la independencia militar de Francia

La decisión del gobierno de Emmanuel Macron de autorizar la venta de la empresa LMB, con sede en Brive-la-Gaillarde, al gigante estadounidense Loar Group, ha reabierto una herida profunda en el corazón de la política francesa: la pérdida sistemática de soberanía industrial.

A continuación, un análisis crítico de un movimiento que ha logrado lo imposible: poner de acuerdo a toda la oposición francesa en contra del Elíseo.

Francia asiste, entre la estupefacción y la ira, a un nuevo episodio de desmantelamiento de su joya de la corona: el sector aeronáutico y de defensa. LMB no es una empresa cualquiera; es un eslabón crítico en la cadena de suministro de ventiladores y motores eléctricos de alta precisión para aplicaciones militares y espaciales. Sus componentes están en el corazón de los aviones de combate y sistemas de defensa que Francia presume de fabricar con autonomía, tales como sus submarinos nucleares, su programa de portaaviones nucleares, su carro Leclerc,  sus aviones Rafale, los Tiger de Airbus o sus misiles balísticos SSBN, entre otros.


Pero es que LMB es líder mundial en su campo, suministrando también equipos a aviones de combate estadounidenses, como el F-15, F-16, F-18 o los helicópteros Apache y Black Hawk.

Sin embargo, el Elíseo ha decidido que el "patriotismo económico" puede esperar, permitiendo que una pieza clave del engranaje estratégico galo pase a manos de Loar Group, una firma con sede en Nueva York, a pesar de la unánime oposición de la DGA, la Dirección General de Armamento, y del resto de grupos políticos franceses.

Pocas veces se ha visto una sintonía tan absoluta entre los extremos del arco parlamentario. La autorización de esta venta ha servido para que la oposición presente un frente unido contra lo que consideran una "traición industrial".

Desde las filas de Jean-Luc Mélenchon se denuncia el "saqueo" de las capacidades productivas de Francia. Argumentan que Macron está entregando el saber hacer de los trabajadores franceses al capital transatlántico, dejando al país a merced de las decisiones de una junta directiva en Manhattan.

Tanto Marine Le Pen como  los herederos del gaullismo ven en este movimiento un acto de "vasallaje". Para el Rassemblement National, vender LMB es vender la independencia del ejército francés. Critican que Macron use el discurso de la "autonomía estratégica europea" mientras, en la práctica, firma las actas de defunción de la industria nacional.

Muchos se preguntan por qué un presidente que aboga por una "Europa potente" permite que una empresa estratégica sea absorbida por EE. UU. Pero Macron vive obsesionado con las cifras de Inversión Extranjera Directa (IED). Para el Elíseo, que un grupo estadounidense compre una empresa francesa es visto como un síntoma de "atractividad" del mercado galo, aunque el precio sea la pérdida de control sobre tecnologías críticas.

Por otro lado, el gobierno justifica estas ventas bajo la premisa de que no existen inversores franceses (o europeos) dispuestos a inyectar el capital necesario para que LMB compita a nivel global. Prefieren un dueño estadounidense a una quiebra francesa. Sin embargo, este razonamiento choca contra las cifras puras del grupo: un estado financiero envidiable, con alta liquidez, facturación de hasta 30 millones de euros, lo que siendo una cifra modesta no es obstáculo para gozar de un margen operativo muy holgado.

Para sus críticos, este es el "modus operandi" habitual de Macron. Ya lo hizo como ministro de Economía con la rama energética de Alstom (vendida a General Electric), una decisión que todavía hoy se considera uno de los mayores errores estratégicos de la Francia moderna. 

Así las cosas, al autorizar la venta de LMB, Macron no solo está vendiendo una fábrica en Brive; está enviando un mensaje al mundo: la soberanía tecnológica francesa tiene un precio. Si cada vez que una empresa estratégica necesita fondos para expandirse, el Elíseo mira hacia Washington en lugar de hacia París o Bruselas, Francia corre el riesgo de dejar de ser una potencia industrial para convertirse en un simple taller de lujo bajo mando extranjero.

La oposición total de los partidos políticos no es solo ruido electoral; es el síntoma de un país que teme perder las llaves de su propia casa mientras su presidente sigue convencido de que la globalización financiera es la única salida.

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