El sostenimiento del estado de bienestar corre a cargo de unos pocos; tal vez, del 10% de los habitantes.

Hace unos pocos meses causó un cierto revuelo en Catalunya la publicación del informe Fènix. En su elaboración participaba un elenco de economistas de prestigio del país que, esencialmente, y con los números en la mano, afirmaban que en Catalunya buena parte de los trabajadores no alcanzan  a ser contribuyentes netos con sus rentas del trabajo y, para entendernos, suponen una carga por el gasto social que les dedica el erario público. 



Aquí dedicamos un artículo a ese informe y valoramos sus conclusiones: https://ecolnomia.blogspot.com/2026/05/informe-fenix-como-frenar-la-decadencia.html

Como es de suponer, este estudió generó mucho debate y otros economistas de prestigio, como por ejemplo Sala i Martín, matizaron el significado de las crudas cifras aportadas. 

Ahora bien, hace unos días estuve con un amigo, un conocido economista que prefiere quedar en el anonimato, y en la charla que tuvimos defendía que realmente el estado del bienestar se sostenía a hombros de unos pocos trabajadores, en realidad, decía, tal vez sean solo un 10% de ellos.

Según él, desde los fisiócratas hasta nuestras fechas, numerosos economistas han teorizado sobre el tema, empezando por Schumpeter. El economista austríaco ya identificó que unos pocos, poquísimos trabajadores innovadores y/o emprendedores con suficiente formación son los que mantienen al resto del mercado laboral, que tan solo gestiona la riqueza generada por el talento de los primeros.

Otro economista, el Nobel Paul Romer, formalizó matemáticamente la idea de que la innovación es el único motor del crecimiento a largo plazo. Su teoría se basa en que un número relativamente pequeño de investigadores, ingenieros y trabajadores del conocimiento que generan estas "ideas" que multiplican la productividad y posibilitan que el resto de los trabajadores perciban mayores salarios con que sufragar los gastos públicos.

Mazzucato o Rosen, por citar solo algunos ejemplos, se alinean también en estas teorías y destacan que el valor añadido generado por el factor "punta de lanza" que supone la excelencia de unos pocos trabajadores es la que sostiene el resto de la actividad económica y, por ende, también la existencia de estados sociales.

El INE o Eurostat nos dicen que el personal dedicado a I+D a tiempo completo en España representa apenas el 1,3% - 1,5% de toda la población ocupada. En la media de la Unión Europea ronda el 1,7%. Por tanto, y llevando el razonamiento a un punto extremo, uno de cada 60 o 70 trabajadores cargan con la responsabilidad de mantener en marcha la economía de un país. Pero hay que convenir, según otros economistas, que estos trabajadores también necesitan de la participación de otros trabajadores que les garanticen los mínimos servicios para su vida cotidiana y profesional.

Otro economista que se ha interesado por el tema, Enrico Moretti, calcula que cada trabajador de los altamente productivos hace posible que se genere suficiente actividad productiva para 4 o 5 trabajadores más, generalmente en el sector de servicios. Sería ésta una visión no tan restrictiva como las anteriormente citadas.

Pero si ampliamos un poco el foco y no solo contamos a los que estrictamente innovan, sino a todos los trabajadores en industrias de alta tecnología y servicios intensivos en conocimiento, las de productividad y el valor añadido estructuralmente superiores, Eurostat proporciona datos muy claros:

En las economías avanzadas de la UE, los sectores intensivos en conocimiento emplean aproximadamente al 24% de la fuerza laboral total, pero solo el 1,5% están directamente implicados en el desarrollo I+D. Si consideramos todos los servicios desempeñados por trabajadores que colaboran de una u otra manera en la existencia de nuevas patentes, nuevo software, nuevos modelos de negocio, nuevos procedimientos de producción... Hay un cierto consenso en que aproximadamente entre un 10 y un 15% de la fuerza laboral sería la responsable del mantenimiento de la actividad económica y, por tanto, del sostenimiento del estado social y sus servicios públicos.

Y, finalmente, si consideramos que la tasa de actividad promedio en Europa ronda un 70%, estaríamos en condiciones de afirmar que los servicios públicos y las prestaciones sociales son posibles gracias a un núcleo de trabajadores altamente productivos que no suponen más del 10% de la población total. 






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