Varios estudios relacionan la menor presencia de nubes y humos con las olas de calor y el calentamiento global
La evidencia científica reciente confirma que el declive en la formación y extensión de nubes bajas no es solo una consecuencia del calentamiento, sino también un potente amplificador de él. Aproximadamente tres cuartas partes de ese declive son atribuibles a actividades humanas (aerosoles, GEI y retroalimentación por nubes), con una contribución marginal de la variabilidad natural. Esto tiene implicaciones directas para la intensificación de olas de calor tanto terrestres como oceánicas.
De entre todos los trabajos que correlacionan calentamiento global y disminución de las nubes el más reciente y posiblemetne el más destacado es un estudio de Ceppi et al. (2026) publicado en Atmospheric Chemistry and Physics Letters, que analiza dos décadas de observaciones satelitales y concluye que la disminución de la nubosidad de bajo nivel ha sido responsable de la mitad del aumento del desequilibrio energético de la Tierra desde 2003.
Y es que las observaciones por satélite (CERES-FBCT) muestran un descenso sostenido de las nubes de bajo nivel —estratos, estratocúmulos y cúmulos con base por debajo de 2.000 metros— desde el cambio de milenio. Estas nubes actúan como una "pantalla solar" terrestre al reflejar una fracción sustancial de la luz incidente de vuelta al espacio.
El estudio cuantifica que los cambios en la nubosidad de bajo nivel han causado un extra de 0,22 W/m² por década de luz solar absorbida, lo que equivale exactamente a la mitad del incremento concurrente del desequilibrio energético terrestre entre julio de 2003 y junio de 2024.
Mediante análisis estadístico de "factores controladores de nubes", los autores atribuyen el declive a tres factores principales:
Retroalimentación por nubes (cloud feedback): 40% — el calentamiento de la superficie oceánica disipa las nubes bajas, lo que permite más radiación solar, que a su vez calienta más el océano, en un bucle amplificador.
Gases de efecto invernadero: ~21% — una atmósfera más cálida y seca (menor humedad relativa) dificulta la condensación.
Aerosoles: ~14% — la reducción de emisiones de aerosoles (por regulaciones de combustibles marítimos, por ejemplo) elimina núcleos de condensación, disminuyendo la formación de nubes.
Lo afirmado en el estudio de Ceppi conecta con otra investigación de 2024 en Science (Goessling et al.) señala que la reducción de la cobertura nubosa explica buena parte del "exceso" de calentamiento observado en 2023-2024 —aproximadamente 0,2 °C que los modelos no lograban justificar— al permitir que más luz solar llegue a la superficie en lugar de reflejarse al espacio.
Además, investigaciones previas han vinculado específicamente la reducción de nubes bajas con olas de calor oceánicas extremas: al calentarse localmente la superficie marina, las nubes bajas se disipan, lo que incrementa la radiación solar absorbida y amplifica y sostiene esos eventos.
Empeora todavía más este escenario, otro estudio reciente (Quaas et al., Science Advances) que comprobó que la cobertura nubosa disminuye más durante el día que durante la noche a medida que el clima se calienta. Como las nubes diurnas enfrían reflejando radiación solar, mientras que las nocturnas calientan atrapando radiación térmica, esta asimetría genera un bucle de retroalimentación positivo que amplifica el calentamiento global. Dejando de lado el efecto estudiado en la menor formación de nubes, cabe señalar también el efecto que causaba el dióxido de azufre (SO₂) que emitían los barcos y se oxidaba rápidamente en la atmósfera en la forma de sulfatos aerosólicos.
Estos sulfatos actuaban como núcleos de condensación de nubes (CCN). Una mayor concentración de CCN produce nubes marinas bajas con más gotitas de agua y menor tamaño, lo que aumenta su albedo (reflectividad). Estas nubes funcionaban como un parasol regional, reflejando radiación solar de vuelta al espacio y enfriando la superficie oceánica subyacente.
La normativa IMO 2020, que entró en vigor el 1 de enero de 2020, redujo el contenido máximo de azufre en combustibles marinos del 3,5 % al 0,5 % —una caída del 80 % en las emisiones de SO₂ del sector—. Esto eliminó una fuente masiva de CCN sobre las rutas marítimas más transitadas del planeta.
La conexión con el calentamiento récord de los océanos es espacialmente coherente:
Correlación geográfica: Las anomalías térmicas de 2022-2023 en el Atlántico Norte y el Pacífico Norte —donde se registraron las mayores olas de calor marinas— coinciden exactamente con las principales rutas de navegación internacional.
Observaciones satelitales: Tras la entrada en vigor de IMO 2020, los satélites detectaron una reducción del 25 % en las "estelas de barco" (ship tracks) visibles a escala planetaria, y una disminución del brillo de las nubes marinas en corredores como el Atlántico Sudoriental.
Retraso térmico oceánico: Aunque el efecto sobre las nubes fue casi inmediato, el impacto térmico en los océanos se desplaza en el tiempo porque el agua tiene una gran inercia térmica. Gettelman estima que a finales de 2023 solo se había experimentado aproximadamente la mitad del calentamiento total que se puede esperar de esta regulación.
Desde la perspectiva científica, IMO 2020 representa lo que se ha denominado un "termination shock" (choque de terminación) de geoingeniería inadvertida: durante décadas, la navegación comercial había estado realizando una forma de marine cloud brightening (brillantez de nubes marinas) sin intención, al inyectar sulfatos que aumentaban el albedo de las nubes. La normativa de 2020 detuvo abruptamente ese experimento, desenmascarando parte del calentamiento que los gases de efecto invernadero venían causando pero que quedaba oculto por el parasol de aerosoles. Este shock se manifiesta especialmente en el Hemisferio Norte, donde se concentran las rutas marítimas. El efecto es 30 veces mayor que en el Hemisferio Sur, y podría explicar entre el 10 % y el 20 % del calentamiento regional reciente.
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