LOS SUBMARINOS FRANCESES ERAN UNA MEJOR OPCIÓN MILITAR PARA AUSTRALIA. ¿POR QUÉ?

 La industria francesa ha producido 250 submarinos en toda su historia, 230 de los cuales contaban con propulsión no nuclear. Nadie puede dudar de la experiencia acumulada por la industria gala, que se pone de relieve en los Scorpène, submarinos adaptables a múltiples variantes de equipos de propulsión, en función de los roles tácticos y las necesidades de cada armada.

Otros países tecnológicamente tan capaces como Australia han optado por dotar a sus armadas de submarinos de origen francés, beneficiándose de la transferencia de unas tecnologías punteras que no están supeditadas a la supervisión de Washington o Moscú. Así pues, por ejemplo, India o Brasil, entre otros, han contratado al grupo francés Naval para la construcción de submarinos de propulsión convencional, AIP o nuclear.

¿Pero cuáles eran las ventajas de los submarinos diesel franceses sobre los de propulsión nuclear de la alianza AUKUS?


En primer lugar, es obvio que el vector de ataque proporcionado por un submarino nuclear es superior al de un submariono de propulsión convencional, toda vez que su autonomía de funcionamiento es mucho mayor. Francia podía haber ofrecido un proyecto de estas características, pero los estudios estratégicos australianos desecharon esa necesidad en 2009.

Y es que un análisis pormenorizado de las necesidades estratégicas australianas nos llevan a considerar prioritarios otros requerimientos que rara vez se mencionan cuando se aborda esta cuestión.

En primer lugar, el sistema de refrigeración de un sistema de propulsión nuclear se mantiene prácticamente siempre en funcionamiento, factor que hace de un submarino diesel moderno una amenaza más sigilosa en muchas ocasiones y, lo que es más importante, que lo sea a voluntad de su capitán en los momentos más cruciales.

Es un hecho que la tecnología de propulsión francesa es particularmente reconocida por su capacidad para minimizar el ruido mientras se desarrollan velocidades de navegación considerables. Este era un requerimiento inicial del proyecto australiano, toda vez que la necesidad de proyección de largo alcance no entraba dentro de las necesidades tácticas del país y sí, sin embargo, el máximo sigilo operativo en las rutas de suministros procedentes de Asia.

Y, en cualquier caso, lo que no entraba en absoluto en los planes iniciales de la marina australiana, porque prácticamente ninguna marina lo considera crucial, era la posibilidad de dotarse de propulsión nuclear para unos submarinos armados convencionalmente. Si lo que se busca es la disuasión frente a China, que es el argumento recurrente, ese sobrecoste no encuentra justificación estratégica, máxime cuando un clase Virginia SSNs cuesta unos 3500 millones de dólares, más del doble que un Barracuda francés.


Más allá de estas consideraciones, con el proyecto de origen francés Australia hubiera operado una flota de submarinos ya en 2030, pero ahora el horizonte temporal más probable será una demora de unos cuantos años. Según expertos chinos, los submarinos no estarían plenamente operativos antes de 2035, aunque ya hay quien apostilla que la legislación del país no permite instalaciones nucleares en su suelo cuando, sin embargo, el proyecto AUKUS contempla que los reactores sean construidos en Australia, otro factor que podría retrasar aún más la fecha de entrega.

Además, la inexistencia de infraestructura nuclear significativa en Australia implica que los tiempos de revisión y recarga de los submarinos deberían fiarse a la intervención técnica de personal norteamericano, lo que mermaría la capacidad de decisión soberana de Australia. En el mejor de los supuestos, los australianos deberían formar a técnicos locales, diseñar y construir infraestructuras seguras y capaces que todavía dilatarían más en el tiempo el despliegue operativo de la fuerza submarina.

Finalmente, una simulación pormenorizada de hipotéticos escenarios de conflicto, añadiría muchas otras objeciones al despliegue de submarinos de propulsión nuclear. Pero si nos centramos en la cuestión caudal, se hace difícil pensar que la decisión de prescindir del contrato por los submarinos franceses haya emergido del alto mando naval australiano. 

Tal vez, la misma inercia ganadora de la industria armamentística francesa en el sudeste asiático en los últimos años puede haber propiciado que salten las alarmas en oligopolios armamentísticos, estrechamente relacionados con el Pentágono, que siempre han concebido el mundo anglosajón como un coto cerrado a las intromisiones foráneas.

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